SI QUIERE VIVIR SANO Y LINDO… Florindo era un canto a la vida, El prototipo del hombre honesto, acostumbrado a ver salir y ponerse el sol inclinado sobre los surcos. Florindo era un verdulero de alma y de profesión, actividad que le alcanzaba -con sus limitaciones y carencia- para mantener una familia numerosa. Como era mi vecino más próximo, en tiempos en que no se usaban los tapiales, yo podía observar todos sus movimientos. Había sólo un alambre de varios hilos atado en varias partes arriba y abajo para pasar de casa en casa. También revendía frutas, pero su verdadera pasión eran las verduras que cultivaba en dos “campitos” (los grandes baldíos de entonces), al dado de mi casa y enfrente, algo así como una hectárea en total. Allí sembraba tomates, lechugas, repollos, zapallos y otras variedades y enfrente, surcos mediante con un viejo arado: papes y batatas. Su huerta, de paso, era usufructuada por nosotros y algún vecino más, gracias a la “vía libre” originada en la cooperación mutua, el trueque y todo aquello que antes hacía más fácil la vida. Alguna vez (oh, inocentes travesuras infantiles!) le cambiábamos las semillas aprovechando calurosas siestas, y como resultado nacían zapallos donde él había sembrado tomates, e incluso surgían como por arte de magia plantas de conejitos, margaritas o azucenas donde debían nacer melones. Florindo se rascaba la cabeza y pensaba absorto en las maravillas de la naturaleza. Temprano ataba Florindo el “matungo” al carro de recorridas. Un caballo viejo y tranquilo que sabía de memoria su dieta, su velocidad y su recorrido. Tiraba una chata larga, playa, modificada, algo así como las “rusas” pero con barandas derechas. Aquí fue donde mi abuelo, el “Jefe de la Estación” no pudo con su genio y le hizo pintar por el único letrista “aficionado” que había en Luiggi, dos listones de madera que decían textualmente: “SI QUIERE VIVIR SANO Y LINDO… COMPRELE FRUTA A FLORINDO”. Qué encendidas palabras!... Qué rima insinuante e irresistible!... Qué invitación a probar esos olores en procura de hallar la felicidad soñada!... Parece que, como la gente no podía resistirse, Florindo aumentó sus ventas y “chocho de la vida”, amplió sus recorridos exhibiendo los carteles con orgullo no disimulado. Hoy se diría que fue “un suceso de marketing”. En aquel tiempo, el agradecido Florindo nos mandaba a casa –y con extensión a mi abuelo- algún remanente de pasteles y empanadas de ignotos rellenos que sobraban de las que iba a vender los domingos a la cancha de fútbol… Si hay recuerdos de infancia que pueden llegar a mezclarse o perderse en el tiempo, este permanece inalterable. Arturo Alberto Cestino.
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