JOSE ZARLENGA: LA VIDA POR UN MOTOR.

Aún recuerdo a este inmigrante italiano de bigotes abundantes y ojos vivaces, que vivió en la Europa incendiada y llegó a Luiggi con la experiencia necesaria para sobrevivir. La memoria, empero, que por ahí nos traiciona, hace que no pueda precisar –aún consultando- si su verdadero nombre era José o Juan. Pero eso no hace a la cuestión.

Zarlenga era mecánico, plomero, instalador, soldador y todo aquello que tenga que ver con los “fierros” que eran el “leiv motiv” de su existencia.

Querido y respetado –reflejo de nuestra bonhomía pampeana- no se lo veía demasiado pero uno se daba cuenta que existía. Y también porque en determinado momento todo el mundo habló de él.

Había construido un motor “autónomo”, no copiado de nadie, o sea totalmente de su invención. Según parece soñaba con descubrir “el movimiento continuo”, es decir que piezas puestas a andar, se balancearan de tal forma que no se detuviera nunca, sin gastar ningún tipo de combustible.

Una utopía, claro, como se verá por esta otra explicación: para “arrancarlo” necesitaba el impulso de un compresor, porque sin tener adosado el mismo no funcionaba. Y ese compresor debía reponer el aire con electricidad. O sea que, en el supuesto de incorporar a un vehículo su motor –con las debidas adaptaciones-, y el compresor (como hoy se hace con los tanques de gas comprimido) la dependencia de la electricidad era inevitable.

Anduvo años y años perfeccionándolo, y según parece le contó a alguien que finalmente había logrado su propósito. En ese momento pareció perder la razón. Decía que lo perseguían, que le querían quitar su invento, que alguna fábrica lo quería copiar.

Llegó al extremo de salir a la calle con “el motor al hombro” (que felizmente no era tan grande) en una bolsa rudimentaria que había fabricado. Anduvo mucho tiempo así, cada vez más huraño y agobiado. Hasta que un día, la muerte se apiadó de él y lo llevó con su motor a cuestas.
Ignoro donde fue a para el motor. Quizá hubiera correspondido depositarlo sobre su tumba ya que él y su invento eran una sola cosa.

Zarlenga y su motor, con su ropa antigua y engrasada, y sus ojos inteligentes avizorando la gloria que nunca llegaría, es otro personaje inolvidable del Luiggi de los 40…

Arturo Alberto Cestino.