SE FUE UN MEDICO RURAL.

El día 19 de junio de 1998 falleció en Ing. Luiggi el Doctor Armando Andrés Marsal. Hacía pocos días, se habían cumplido los cincuenta y tres años de estadía en nuestro pueblo, al cual llegó en un lejano mayo de 1.945. Lo trajeron sus deseos de iniciar la carrera de médico en el interior, para regresar al cabo de pocos años a Buenos Aires, llevando la experiencia lograda como bagaje. Pero los caminos de su destino o el viento pampero de estas tierras lo afincaron aquí y le dieron hogar, trabajo y familia.

Durante muchos años fue el único médico en la comunidad y en la zona, y era común verlo recorrer los caminos, peores que los actuales, llevando su presencia hasta las quintas y las chacras, hasta los pueblos vecinos y los montes, siempre raudamente, sabiendo que los enfermos necesitan el remedio para sus males, tanto como el sentir que alguien a quien llamaron con esperanza se está ocupando de ellos. Para él no existieron las tormentas, ni las heladas. No fueron importantes los ventarrones ni los charcos y pantanos. Era lo mismo el día claro que la noche oscura, el paciente pueblerino que el de la campaña, la casa del pudiente que el rancho del indigente. Cuántas veces llegó de atender un enfermo en la zona rural de Arata, para partir inmediatamente hacia Caleufú, desde donde lo habían llamado momentos antes.

Desconozco si existen reglas para definir a un médico rural, pero creo que el Dr. Armando A. Marsal fue un prototipo. Para él su profesión era un apostolado. Fueron muchos años lejos de los centros de estudio, solo conectado a ellos por la correspondencia mantenida con sus colegas y ex profesores. Quedaron en su haber muchas noches de lectura cuidadosa y reiterada para mantenerse a la par de las novedades, que en su profesión fueron de transcurrir vertiginoso. Era la única posibilidad para poder aplicar esos avances, teniendo a mano solamente el sentido común, la perspicacia innata para encasillar los síntomas y un conocimiento profundo del alma de cada enfermo.

Tuvo una fuerte personalidad. Defendió firmemente sus convicciones y puntos de vista. A su manera fue un duro, Y claro, cosechó detractores y generó rencores.

Los detractores surgieron como resultado lógico de una profesión, donde los errores no resultan disimulables, como los que puede producir un mecánico o un pintor. Pero el médico rural se movía en un ámbito y en una época donde no existía el soporte de los diversos análisis previos, los estudios clínicos complejos o la disposición de instrumental medianamente apropiado, que son comunes en nuestros días. En rigor de verdad sólo tenían a su disposición los mínimos elementos y el máximo de humanidad.

Los rencores nacieron casi siempre en colegas y en subalternos, nacidos por una rectitud rayan en lo exagerado que desplegó en sus años de Director del Hospital local, que en sus primeros tiempos no alcanzaba nada más que al mero nivel de Sala de Primeros Auxilios. Hace pocos días he conversado con una empleada de aquellos años que reconoce, ahora con más claridad que antes, que no había otros caminos para logar el objetivo de una atención correcta hacia el necesitado.

Como hijo de este pueblo, estoy enterado de varios ejemplos de estos sentimientos negativos que nacieron en su contra, los reconozco como valederos y los acepto con todo respeto. Pero, por otra parte, ciertamente me sería imposible contabilizar los otros, los casos en los cuales salvó vidas, lo momentos en que ayudó a traer seres al mundo, los instantes precisos en que definió positivamente cuestiones de imperiosa urgencia en accidentes de graves consecuencias. Me sería imposible saber en cuántas actuaciones modificó con su mano firme inconvenientes congénitos o adquiridos, o cuántas veces creó las condiciones correctas que evitaron fallecimientos seguros en traslados indispensables hacia centros de mayor complejidad. No me sería posible hacer un cómputo que me demostrara la suma enorme de horas que pasó junto a la cabecera de sus enfermos, que por último eran sus amigos, ni tampoco lograría clarificar los kilómetros recorridos para llegar hasta ellos. No podría asegurar en cuántas oportunidades llegó él a la casa de un enfermo antes que la propia persona que lo fue a buscar para la visita. Nunca sabré cuántas visitas quedaron sin cobrar, anotadas en su vieja libretita de apuntes…

Vivió humildemente, sobre todo en sus últimos años, y se fue de la misma manera. Nunca le gustaron los agasajos ni permitió los homenajes. El día de su entierro no vi una multitud porque muchos, tal vez, no pudieron concurrir. No escuché oradores, porque el silencio de los concurrentes, más ominoso y pesado que en otros casos similares, ahogó quizás las palabras que muchos podrían haber dicho. Pero vi lágrimas en ojos de personas que no consideraba hasta hoy afectas a exteriorizar el dolor. Tal vez el homenaje que nunca aceptó, se manifieste solamente así, en el recuerdo íntimo, callado, agradecido y respetuoso de los que quedamos de una época en que sabíamos que el Dr. Marsal, siempre estaba presente.

Ing. Luiggi 20/06/1998.

Juan Antonio Martín.