POR LAS CALLES DE MI PUEBLO.

En las páginas del Anuario 1998 de esta revista, iniciamos una simbólica recorrida por las calles de Ingeniero Luiggi. Hoy, cuando se cumplen los primeros NOVENTA Y DOS AÑOS de su vida institucional, continuamos atisbando los olvidados pormenores que cuentan la historia de cada uno de sus rincones.

Es posible que algunos habitantes, al circular por una de las calles de la llamada Costa Brava de nuestro pueblo, hayan observado con perplejidad un lugar donde hay una placa que indica que el nombre de la misma es ANTONIO DEVOTO. Sin embargo, es público y notorio que la calle que todos conocemos con ese nombre es la que corre al oeste de la plaza General Manuel Belgrano, frente al edificio de la Sociedad Italiana que hoy es Escuela Laboral y al Centro Cultural Municipal. Si alguien notó este detalle, no habrá podido menos que preguntarse la razón que originó esta duplicación de nombres.

La placa, para quien no lo haya notado, se encuentra colocada en una de las paredes que conforman los restos de lo que fue la construcción original de la primera industria importante que hubo en Ing. Luiggi, es decir el molino harinero que don Mateo Torre fundó en 1912. En sus instalaciones se producía inmejorable harina de maíz pero, acorralado por la competencia, cerró sus puertas en 1936, si bien el galpón donde estaba la maquinaria molinera permaneció en pie hasta que el ciclón del 14 de diciembre de 1968 lo destruyó completamente.

La presencia del cartel de letras azules sobre fondo blanco no ha podido, a pesar de todo, confundir la simpleza popular que, haciendo caso omiso de su existencia, la denomina LIBERTAD por la elemental razón de ser la continuación norteña de la calle del mismo nombre. Durante años fue una polvorienta calle igual a todas las del viejo barrio, separado de la parte sur del pueblo por esa puñalada que significa la playa de maniobras del Ferrocarril. Actualmente, sin embargo, se ha transformado en una arteria con mucho tráfico, por ser la que lleva a la entrada principal de la joven Escuela Nº 250 "Delia D. de Parodi" y merecería, a mi entender, ser conocida por el nombre que se le adjudicó en algún momento. Siempre, claro, que alguien aclare cual es el verdadero.

Como ésa es mi intención, me permitiré narrar, con total objetividad histórica, algunos detalles que hacen a la correcta denominación de esta calle que, en ese sentido y a través de la historia, ha tenido bastantes alternativas como para justificar estas líneas.

LA CALLE OSVALDO MEDICI.

Originalmente se llamó Libertad. Pero a principios de 1937, un grupo de vecinos logró la autorización municipal para bautizar esas tres cuadras que se encuentran en la Costa Brava, con el nombre de quien había sido el director de la hoy desaparecida Escuela Nº 129. El maestro don Osvaldo Médici, que de él se trata, había llegado al pueblo dos años antes, acompañado por su esposa doña Elena L. Fazzio de Médici, para hacerse cargo de la Dirección de la citada casa de estudios primarios, sabiendo ganarse el respeto del vecindario por su tarea responsable y bondadosa.

Pero el 12 de noviembre de 1936 ocurrió su muerte, en el establecimiento y en horario de clases, lo que golpeó hondamente al entristecido grupo que formaron los padres y el alumnado. Esta circunstancia, apoyada por la inquietud de un maestro rural de apellido Galvagne, que era amigo del fallecido director, originó un movimiento que tuvo como finalidad recordarlo imponiendo su nombre a una calle. Es así que al comenzar el ciclo escolar del año siguiente, en el transcurso de un acto al que concurrieron muchos vecinos del barrio, se colocó una placa de bronce con su nombre en el sitio que hemos citado anteriormente. Por esa razón la calle LIBERTAD, en su tramo norte, pasó oficialmente desde ese día, a llamarse OSVALDO MEDICI.

Es evidente que en aquellos años se mantenía un acendrado respeto por los mayores y especialmente en los casos en que éstos se hubieran destacado por acciones en bien de la comunidad. Por lo menos así lo refleja el antiguo periodista luiggense que escribió en el Semanario ALEM -que dirigía don Ernesto Chiavarino-, correspondiente a la última semana de agosto de 1940, sus puntos de vista sobre el tema bajo el título de "Nomenclatura de las Calles":

"Nosotros, cumpliendo con nuestra misión de periodistas y seguros de interpretar el pensamiento de todo el vecindario, proponemos que a las calles de nuestro pueblo se les de el nombre de vecinos fallecidos, que por sus actividades o por sus prendas morales se hayan hecho acreedores al reconocimiento de los que fueron sus convecinos.

Cada pueblo de nuestro país, por chico que sea, tiene su calle San Martín, Belgrano, etc. Eso está muy bien, pero ninguno de nuestros próceres necesita que una calle recuerde su nombre para perdurar eternamente en el sentimiento de los argentinos. En cambio hay en cada pueblo por lo menos una decena de hombres que, directa o indirectamente, propendieron al progreso y bienestar de sus respectivos vecindarios, y que a los pocos años de fallecidos se les olvida. Pero si una calle llevara su nombre, sabrían las nuevas generaciones que la vitalidad y grandeza de su pueblo se debe al esfuerzo de tal o cual vecino".

Volviendo al tema puntual de nuestra historia diré que la calle, de esta manera, quedó dividida en dos partes, cada una con su nombre respectivo, aunque hubo un breve lapso (1952/1955) en que a la parte que corre de las vías al sur se la denominó EVA PERON. Paralelamente y en una época indeterminada, alguien retiró la placa de OSVALDO MEDICI y, tal vez con el ánimo de disimular, o quizás porque le dio lástima ver el lugar vacío, colocó allí la primera placa que encontró en el corralón municipal, que resultó ser nada menos que la del fundador del pueblo. Sin poder opinar sobre los pormenores de este proceder porque los desconozco, sólo me queda por destacar que la placa metálica que recordaba al maestro, fue tan bien resguardada que hoy, como en las mejores noticias policiales, se desconoce su paradero. Mientras tanto los años pasaron y el nombre de Devoto sigue esperando que alguien lo ayude a desandar el camino del regreso para volver a lucir frente a la plaza.
Seguramente, aquel vecino que colocó la placa de bronce con el nombre de OSVALDO MEDICI, subido sobre el techo del camión repartidor de la firma comercial Blasco Hermanos, no pensó las alternativas que ocurrirían en el futuro. Tampoco imaginaba el grupo de padres que impusieron a una calle el nombre de un maestro, que en el porvenir sobre la misma se crearía una Escuela. Pero la vida tiene esas cosas: hay en nuestro pueblo dos centros educacionales que abren sus puertas sobre arterias que tienen nombres de maestros. Una de estas calles recuerda la grandeza del genial sanjuanino y la otra, aún cuando actualmente tenga su denominación tan confundida, rescata la memoria de un modesto maestro local que murió mientras cumplía con el apostolado fijado por Sarmiento.

Tanto éste como otros episodios de nuestro pasado pueblerino nos llevan a reflexionar cómo en muchas oportunidades, pasión de por medio, olvidamos respetar los deseos y las aspiraciones de nuestros semejantes, poniendo sobre ellos nuestras propias y cómodas circunstancias.

Una de las enseñanzas que deberíamos aprovechar de estos noventa y dos años transcurridos por un pueblo en donde siguen existiendo muchos espacios baldíos, debería ser la de entender que únicamente son los trabajosos caminos del progreso los que originan la necesidad de abrir nuevas calles. Así tendríamos múltiples posibilidades de bautizarlas con los nombres de las mujeres y los hombres que merecen nuestro respeto y admiración, sin necesidad de amontonar placas sobre placas... y después olvidarlas.

ING. LUIGGI; 20 de septiembre de 2002.

JUAN ANTONIO MARTIN.