Joven monje de ojos verdes Fue en la antigua China -según contaste-, allí un joven aspirante a monje, un joven frágil en todos los sentidos, poseía una rareza, cuando sus ojos se llenaban de lágrimas tomaban un color único entre la gente de su raza, tomaban un color verde, lo que lo convertía en alguien admirado y popular entre las mujeres, algo a lo que él no podía resistirse. Los viejos monjes celosos de su extraña, casi mágica habilidad le prohibieron entonces a él y a todos los monjes en entrenamiento llorar, les prohibieron sentir, excusándose con que los sentimientos impedían trabajar la mente y el alma en armonía. Durante ese ínterin la familia del monje fue asesinada en la guerra. Después de varios intentos para no llorar el joven no soportó mas la angustia que no podía dejar de sentir y lloró a escondidas en su habitación. Al encontrarlo los viejos monjes con sus ojos verdes celosos castigaron al aspirante arrancándoselos. Desde aquel día el monje ciego no dejó de llorar, y aún hoy puede oírse en el templo su estremecedor llanto y a veces puede verse correr desde su habitación un río de lágrimas de sangre. Cuando te fuiste, mientras lloraba miraba me al espejo y así pude descubrir que mis ojos parecían tan verdes como los tuyos. Desde aquel momento olvidé como llorar porque creo verte en cada lágrima de sangre. Lucas L. Aime (30-12-01) Caballos blancos Anochecía otra vez, había sido un día malo, de esos que mejor ni hablar; le parecía mentira ya, siete años de aquel quiebre, hacía siete años ya que había decidido dejar a un lado las palabras vacías y el peso del conocimiento absoluto para aprender a cerrar la boca, aprender a escuchar, a perdonar, a que una cascada de pensamientos le desvelaran, siete años ya. Se acostó y como de costumbre usó su almohada de confesionario y empezó tal vez a delirar nuevamente, comenzó a fantasear como el silencio le había hecho costumbre. Soñaba con una mañana similar a la de hace siete años. Dormiría largo rato luego almorzaría, su boca no se abriría en vano, en absoluto, sólo lo necesario. Negaría algunos saludos, haría las paces con sus enemigos y probablemente haría nuevos. Daría un largo paseo, el calor lo agobiaría, y decidiría sentarse bajo un árbol, haría un largo viaje para llegar al dichoso árbol y se asolearía allí leyendo durante un tiempo. Luego comería -probablemente deliraría entonces-, y esperaría allí. Quizás durante la espera escribiría esto, quizás lo hiciera antes. Entonces lloraría, recordaría el sabor de aquel amargo comportamiento que durante siete años en dos ocasiones sólo el desamor le había traído. Y finalmente llegaría el momento, como había pasado hace siete años caballos blancos llegarían llevando aquel carruaje celestial conducido por aquel oscuro carrero. Entonces se preguntó, ¿volvería a rechazar a los caballos blancos? ¿Se convertiría nuevamente en aquél niño que hace siete años atrás paralizado por el miedo se acurrucaba entre sus sábanas y lloraba en silencio cuando sentía al terror respirarle en la nuca? ¿Lamería nuevamente la espalda de la muerte o el quiebre esta vez lo arrojaría del lado de la locura? ¿Habrían estos siete años podido convertir a la carroza en una solución más benéfica?... Pensó que tal vez esta sólo sería una de esas malas noches; y todo lo que fantaseó se derrumbaría al día siguiente como tantos de aquellos deseos que la almohada construyó y el alba destruyó…
- Caballos blancos vuelan a mí ¿acaso al sol me llevarían para calcinar el glorioso deseo de estar vivo y ser conciente de ello? Carrero, pues que la luz guíe a los caballos entonces… Lucas L. Aime. (18-02-05)
Donde aúllan los lobos _ Hay una persona y un lugar para cada uno de nosotros. El problema está en encontrarlos; y si pudiéramos encontrarlos, el problema sería saber por qué los encontramos y para qué conservarlos; y si entonces entendiéramos ello el problema sería mantener el secreto para aquéllos que no pudieron, pueden, ni podrán encontrarlos y para aquéllos que no pudieran entenderlo. Bajo la luz del sol negro, sobre la colina donde muere y nace. En el altar de la vida, en aquél árbol milenario, donde aúllan los lobos. Y la tierra y el mundo son negros allí, se vive en penumbras. Y los lobos se posan en las ramas y allí duermen, allí se hacen sus nidos y se reproducen como ratas. Y todos los días llegan lobos y todos los días nace una rama para el lobo recién llegado agigantando aún más al rey de las plantas. Y por cada sueño, por cada baba, por cada lágrima, por cada flatulencia en el mundo nace una hoja de miseria en el árbol tiñendo aún más de negro al viejo vegetal. Y duermen allí los lobos porque en la oscuridad parecen desaparecer, pero a la luz del negro sol no pueden ocultarles sus ojos de oro. Y cuando muere el negro sol con los bigotes sucios de nieve aúllan durante toda la noche a la amarilla luna. Y entonces, cuando nace de nuevo el sol, llegan nuevos lobos y los viejos duermen hasta la noche cuando aullarán nuevamente. Donde aúllan los lobos, donde brotan las penas. Lucas L. Aime. (16-10-06)
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