El lote XXI, Sección Primera de la antigua Pampa Central, donde el pueblo se encuentra enclavado, no tiene accidentes geográficos que lo destaquen en los antiguos mapas de la época de la llamada Conquista del Desierto, pero sí podemos encontrar que figuran los médanos del Guanaco (Luan Loo) , y también la gran Laguna Salada (Chadi Lauquen) que siguen dando una idea de su ubicación.

Esos nombres de origen aborigen, que datan de un tiempo inmemorial, no fueron dados caprichosamente: narraba uno de los más antiguos habitantes zonales, don Silvestre Ratibel, que acompañado por su hermano Ramón llegó a estas soledades allá por 1888, que por estas praderas se paseaban avestruces en gran cantidad y había tropillas de guanacos, los que realizaban continuos traslados para lamer la sal en las costas de la gran laguna. Claro está que en esa época, andar por estas latitudes era cuestión de pioneros, esa especie de aventureros que salían a conquistar tierras, viajando cada vez más hacia el oeste.

Los que formaron la primer oleada de pobladores, llegados inmediatamente después de la campaña impulsada por Julio A. Roca, eran en su mayoría ovejeros que aprovechaban los campos con sus majadas hasta que aparecía el propietario que, en forma personal o por medio de administradores, los alejaba de sus momentáneos lugares de pastoreo y entonces, moviéndose unas leguas, plantaban sus reales en otro lugar. Al fin y al cabo, los pastizales eran buenos, las lagunas se repetían mansamente y la presencia de algún aborigen hambriento ó, lo que era más común, de blancos facinerosos, podía ser alejada con un poco de coraje y la compañía de un buen arma.

Así llegaron al iniciarse la década de 1890, entre otras, las familias vascas de Tomás Suárez, de Juan Etchegoncelhay, de Agustín de Garay y de Saturnino López, que luego compraron los campos donde se afincaron con sus majadas y dejaron transcurrir los tramos finales del siglo XIX. El comienzo del siguiente se caracterizó por la llegada de unos pocos vecinos que parecían numerosos ante la soledad anterior. Se podía galopar sin fronteras por esas inmensidades que, en una continuidad de tierras totalmente vírgenes, reconocían por límites de cada propiedad los altos mojones de tierra que había colocado en 1882 el primer agrimensor, don Benjamín Domínguez, cuando en una gesta de carros y cadenas mensuró la Sección Primera de la Pampa Central.

La producción que lograban aquellos adelantados, era totalmente primaria y las comunicaciones que los unían con la precaria civilización más cercana, se realizaba a caballo o en carreta, esquivando las zonas bajas que el Río Quinto anegaba. Partían llevando la producción de lana, cueros y plumas y trayendo al volver las provisiones indispensables, que se conseguían en Italó (Cba.), Trenque Lauquen (BA), 9 de Julio (BA) o estancia La Malvina.
A esos pioneros no les sobraba nada pero, para vivir, era muy poco lo que necesitaban...

Mientras tanto, en Buenos Aires, se tejía la otra historia, esa cuyos entramados se logran en los escritorios donde ocurren las transacciones comerciales.

Con motivo de las disposiciones de la llamada "Ley de Fronteras", sancionada el 16 de octubre de 1878, el millón de hectáreas que corresponden a la Sección Primera de Territorios Nacionales, fueron repartidas entre unos 35 adjudicatarios, algunos de los cuales recibieron cantidades enormes de tierra, como fue el caso de don Torcuato de Alvear con 100.000 has., o de don Eduardo Casey que recibió 210.000 has. El lote XXI, que es el que nos interesa, fue entregado al que luego sería en dos oportunidades gobernador de la Provincia de Buenos Aires, don Marcelino Ugarte, que recibió varios lotes que en total representaban la nada despreciable tajada de 80.000 has.

Y aquí comienza la historia que nos interesa. El 15 de junio de 1893, Ugarte vendió los lotes XXI y XXV a don Nicanor Montovío quien, a los pocos días, el 20 de junio, hace lo propio a Nemesio Lugones y Pablo Cichero. Estos mantienen la propiedad hasta el 12 de noviembre de 1896, fecha en que transfieren las tierras al escribano Martín de La Torre, quien tal vez actuara sólo como comisionista, dado que aparece vendiéndolas a los hermanos Antonio y Bartolomé Devoto, el día 27 del mismo mes.

La sociedad entre los hermanos Devoto continuó algunos años, en realidad hasta el 6 de junio de 1904, fecha en que se produjo la división y adjudicación de un lote para cada uno de ellos, correspondiéndole a don Antonio Devoto las 10.000 hectáreas que se encuentran ubicadas en lo que es hoy el Departamento Realicó de nuestra Provincia.

De acuerdo al informe del agrimensor Alfredo Thamm, producido el 22 de julio de 1902 con motivo de los trabajos de mensura y amojonamiento de la propiedad de los Devoto, existían en el lugar varios puestos de ovejeros. Naturalmente el profesional no inserta el nombre ni las condiciones de esos moradores, cuyas identidades se han perdido lamentablemente en el tiempo, pero en ese sentido hay un dato que es definido por las manifestaciones de Ratibel: había un criador de ovinos, llamado Tomás Suárez, que además mantenía abierta una especie "de esquina al campo" o pulpería, como también se la llamaba, cuya ubicación exacta se ha podido comprobar por la aparición de restos enterrados en el campo donde se ubicaba.

Hacia 1900 los Devoto habían tratado de vender estas tierras en veinte mil pesos cada legua cuadrada, entregándoselas en comisión a don Ramón Ratibel, quien las ofreció a varios vecinos, sin conseguir candidatos. Lejos estaba entonces el propietario de saber que algunos años después, con la fundación del pueblo y la llegada del Ferrocarril, lograría contabilizar ventas por sumas que superaron el millón de pesos de aquella época.

Tampoco sabía, claro está, que en 1905 compraría con sus hermanos la enorme extensión de lo que luego sería "Estancia y Colonias Trenel S.A.", cuyas 327.500 has. lindaban con el lote donde, el 20 de septiembre de 1910, se fundaría el "Pueblo y Colonia de Ingeniero Luiggi" . De acuerdo a estos datos queda desde ya aclarado que, a pesar de la creencia general, las tierras donde se levantó el pueblo nunca formaron parte del gran bloque territorial en que se fundaron, entre otros, Metileo, Speluzzi, Trenel, Arata, Caleufú y Embajador Martini.

Así nació la localidad de Ingeniero Luiggi, a la sombra protectora del Ferrocarril.

Fundar pueblos en las grandes extensiones de la Pampa Central, era crear centros desde donde la producción agropecuaria, además de acopiarse en forma ordenada, podía ser comercializada bajo las pautas fijadas por las grandes empresas que administraban los campos adyacentes que, como hemos visto, se conocían con el nombre genérico de Colonias. En el caso de nuestra zona, antes de la llegada del Ferrocarril, todo el resultado de esas cosechas y el originado en la producción pecuaria, se trasladaba en carros o por arreos hasta la estación más próxima, que era El Tordillo (bautizado luego Simson y hoy Maisonnave). Además, con la concreción de concentraciones humanas cercanas a los lugares de trabajo, se lograba generar el mantenimiento de un movimiento comercial que de otra manera se disgregaba en muchas leguas a la redonda.

Todas esas ventajas, además de una espectacular revalorización de las tierras, eran los fines que perseguía don Antonio Devoto cuando fundó esta Localidad, en el límite más lejano de un lote que nunca visitó. Resulta altamente interesante leer hoy la propaganda comercial que emitió la firma martillera que, cita en Reconquista 545 de la Ciudad de Buenos Aires y al mando de don Eduardo de Chapeaurouge, fue la encargada de realizar la venta de los solares, quintas y chacras del Pueblo y la Colonia circundante. Circularon gran cantidad de volantes de propaganda, mientras que el diario La Nación, destinaba una hoja completa, la número 245 de su Libro del Centenario, para referirse a la política fundadora que encabezaba Chapeaurouge, destacando especialmente la importancia que se asignaba a la creación del nuevo Pueblo en el centro de una zona con gran futuro de producción.

Lo cierto es que, para el día del remate, llegó por lo menos un tren, tal vez dos, cargados con posibles interesados que si bien no adquirieron las tierras en forma masiva, sirvieron para difundir por las colonias ya existentes en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, la noticia de que se sumaban al progreso enormes cantidades de tierras que se abrían, rejas de por medio, al efervescente mundo chacarero que estaba trasformando las fronteras de la pampa húmeda en un importante crisol de razas y fortunas. Los verdaderos pobladores vinieron después, cruzando los campos que tenían por límites solamente los mojones perdidos en la gran extensión, trasladando en carros y carretas sus pobres pertenencias y sus ricas familias, escasas aquellas y abultadas estas. Los trenes también transportaron contingentes, pero estos se diferenciaban de los anteriores por su origen inmediato: provenían en su mayoría del gran puerto que daba entrada a la continua oleada de inmigrantes, algunos de los cuales, apenas desembarcados eran enviados al interior del país.

La población fue desperdigándose por las 139 manzanas iniciales de un trazado novedoso, cortado transversalmente por cuatro diagonales que convergen en la plaza "Gral. Manuel Belgrano" . Esta última, después de muchos años, configuró su imagen de centro cívico, social y cultural al construirse los edificios de la Iglesia Parroquial (1914), Asociación Italiana de Mutuo Socorro (1914), Municipalidad (1922), Comisaría (1934), Monumento a la Bandera (1941), Biblioteca (1948), Colegio Polimodal "Mariano Moreno" (1960), Monumento a los Pioneros (1960) y Centro Cultural Municipal (1980).

Hacia fines del siglo XIX, nuestro país tenía claramente definida la necesidad de dar a nuestras costas atlánticas el nivel de seguridad y defensa que requería la enorme longitud del litoral marino. Esta circunstancia estaba avalada por la importancia del territorio que, a partir de ellas, se adentraba en el continente: nada menos que la inmensidad de la Patagonia Argentina.

Cuando quedó confirmada la decisión de construir un Puerto Militar, que no fue tan sencilla de conseguir, el Gobierno Nacional inició en Italia las gestiones para contratar un Ingeniero Civil que tuviera la experiencia y la capacidad suficientes como para llevar adelante la gran obra. Para lograr estos pasos fundamentales se contó con los trabajos previos realizados por marinos argentinos que, como el capitán Félix Dufourq, anticiparon las condiciones y el lugar del emplazamiento.

Hacia fines de 1895 fue contratado un ingeniero que ya había completado tareas importantes en su patria y en el extranjero. Su nombre era Luis Luiggi , y llegó al país el 29 de febrero de 1896. La obra que realizó en estas tierras es digna de ser estudiada, pues su capacidad de trabajo cambió las características de toda una región, hasta ese momento ignorada y desconocida, que se transformó en el complejo de la Base Naval más importante de América del Sur. Además de los obras específicas, se construyó un dique de carena considerado como uno de los mas grandes del mundo, y se realizó el balizamiento de todo el litoral atlántico, desde Buenos Aires hasta los confines de Santa Cruz, mediante el emplazamiento de faros y balizas conectadas entre sí por un sistema telegráfico, que resultaba revolucionario para la época. El acto final de su gestión fue simple: devolver los montos que resultaron sobrantes de las sumas calculadas para la inversión total.

Por sus trabajos recibió como recompensa unos terrenos en la isla Choele Choel, y luego se fue a continuar modificando la superficie de otros lugares del mundo, dejando en la Argentina el recuerdo de su presencia justa y capacitada, firme y bondadosa.

Con los años el Ingeniero Luiggi volvió al país, formando parte de la comitiva enviada en representación el Reino de Italia y que estaba presidida por el Embajador Extraordinario Ferdinando Martini, para asistir a los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. La coincidencia de la fundación de dos pueblos en la Pampa Central, el reconocimiento del Gobierno Nacional y la veneración itálica del dueño de las tierras hicieron el resto: la localidad vecina fue designada con el nombre del Embajador, y la nuestra recibió el del eminente profesional que había pasado por el país unos años antes, cambiando las perspectivas de nuestro litoral marítimo.

Luis Luiggi realizó en 1928 su tercer y último viaje a la República Argentina, país que amaba, y fue entonces que destinó una jornada para conocer el pueblo que, perdido en la inmensidad de las pampas, había sido honrado con su nombre.

Habían pasado dieciocho años desde el día de su fundación.